En ocasiones me gustaría poder andar por la calle con la tranquilidad de saber que si algo malo sucede yo seguiré mi camino con total normalidad, pero a medida que pasa el tiempo nos damos cuenta de que no es así; Dios diseño al ser humano con una sensibilidad tan grande que lo hace vulnerable al dolor y al daño aunque ni la herida, ni la sangre que brota de ella sean propias. A veces camino por la calle y algo en mi interior se reciente al ver el sufrimiento y la miseria que padecen estas personas; que ya no son personas sino cosas sin importancia; basura para ser más preciso; en eso los hemos convertido, en eso convertimos todo aquello que nos desagrada por ser diferente de lo acostumbrado.
Mi abuelo tiene 69 años, se llama Tomas, hace un mes murió tirado en la calle a causa de su tercer ataque al corazón, me pregunto cuántos habrán pasado y lo vieron en el andén esperando la muerte, ¿cuantas personas se habrán preguntado que le pasaba? ¿A cuántas personas les habrá importado un bledo? ¿Qué fue lo último que habrá pensado mi abuelo? ¿Cuáles habrán sido sus últimas palabras? No se sabe, nadie pudo oírlas y mientras una ambulancia llevaba su cuerpo viejo y agonizante asía un hospital, el ángel de la muerte acariciaba con una hoz lo que los espiritistas denominan “el hilo de plata” esa conexión directa existente entre el cuerpo físico y el inmaterial; mi abuelo ya estaba agotado de luchar, había lidiado con tantas cosas en su vida que más que su cuerpo era su alma la que pedía a gritos un descanso y cortando de manera definitiva el hilo, fue la muerte la que se lo dio de manera permanente.
¿Cuántas imágenes tengo de él en la que su mirada es la de un hombre triste y acongojado? ¿Cuántos no lo reprocharon por buscar algo de alegría después de perder lo que más amaba? ¿Cuántos no lo condenaron por eso? Y pensar que sus hijos fueron los primeros.
Sé que no fui un nieto excepcional, pero al menos tengo la tranquilidad de no sentir arrepentimiento ni culpa alguna, no tuve la necesidad de pedirle perdón a mi abuelo por nada, jamás le falte al respeto y lo quise y lo ame porque él me amo, porque me dio un padre increíble y porque su existencia de cualquier forma hizo posible la mía.
Alguna vez quise preguntarle si todos los años que vivió valieron la pena, si se arrepentía de algo ¿Qué dijo y no debió? ¿Qué no hizo y debió haber hecho? ¿Cuáles eran sus frustraciones? ¿Qué recuerdos lo hacían llorar? ¿Qué momentos lo hicieron reír? ¿Sí había alcanzado todas sus metas? ¿Cuál fue el sueño que nunca realizo? Y pensándolo bien, si hay algo de lo que me arrepiento y es no haber tenido el valor de preguntarle a mi abuelo si fue feliz.
Nunca lo hice, me pareció cursi viniendo de alguien como yo, tuve la pena de pensar que la pregunta le provocaría risa; no hubiera sido así, el jamás se hubiera burlado de mí…